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MIGRACIONES MARTIANAS: DE SAN AGUSTIN A BARACOA Migraciones del siglo XIX. Signos de la Edad Moderna, época en que el concepto del
movimiento espacial se transforma, era de los proyectos europeos de la
colonización de países lejanos, período en que se producen los desplazamientos
de masas de hombres, mujeres y niños—emigrados y exilados—que se aprovechan de
los últimos avances en los sistemas de transporte para visitar regiones
exóticas o, urgidos por necesidades económicas o políticas, replantean el hogar
en terrenos distantes y desconocidos.
Migraciones exteriores, geográficas; migraciones interiores,
hacia la subjetividad del sujeto moderno, retextualizaciones culturales que son
el producto de la busca de horizontes alternativos, imaginados o reales; migraciones
de exilados que llevan en sí la imagen de su patria, y frente a otro
espacio—social, político y cultural—crean y reformulan un texto de anhelos,
sueños, ansiedades, temores o extrañamientos. Las migraciones martianas pertenecen a la dolorida
experiencia del exiliado, condición que “…él asume con un temperamento trágico
pero al mismo tiempo esperanzador” (Morales 15). Los movimientos espaciales de sus viajes empiezan temprano en su
vida; primero, el destierro a España donde vivió cuatro años como deportado;
luego, México, donde en apenas dos años de estancia se insertó en la vida
cultural de la nueva república; después, estancias cortísimas en Guatemala, y
Venezuela; y, finalmente, la residencia en los Estados Unidos, donde pasó los
años de la madurez, casi sin interrupción entre 1881 y el año de su muerte:
1895. Estas migraciones alimentaron su
amplia visión americanista, comparable sólo con la de Bolívar; intensificaron
su deseo de terminar el proyecto trunco de la independencia de América, y de
conseguir la libertad de Cuba y Puerto Rico; le permitieron desarrollar un
ideario político y social cuyos conceptos conservan una vigencia extraordinaria
todavía hoy; enriquecieron su formación cultural y literaria con el acervo de
otras culturas, experiencia que marcó sus ideas, distintas, más novadoras, en
comparación con las de otros creadores de su época; y, en fin, contribuyeron a
generar una obra de carácter eminentemente revolucionario y futuro. En España absorbió la filosofía idealista krausista,
en especial sus valores éticos; bebió de las fuentes clásicas de la literatura
peninsular—Cervantes, Góngora, Saavedra Fajardo, Fray Luis de León, Santa
Teresa, Quevedo, Gracián—lecturas que dejaron una huella indeleble en su
discurso, lecturas que supo fundir en una expresión moderna cuya frescura y
originalidad asombra todavía hoy. Las
visitas a París desarrollaron su interés en la plástica, le pusieron en
contacto con las primeras exposiciones de los pintores impresionistas, y con la
obra de los escritores parnasianos y simbolistas. Las estancias cortas en México y Guatemala despertaron su amor
por la naturaleza americana, por las culturas indígenas de América, y por el
sino trágico del indio en la sociedad decimonónica. En Venezuela, en la Revista Venezolana, fundada y editada
por él, formuló el primer manifiesto del modernismo hispanoamericano. México y Venezuela le abrieron los ojos a
las represiones de los caudillos americanos.
Y, Estados Unidos le ofreció una visión del mundo desarrollado: el incipiente
capitalismo, los atractivos y vicios de la democracia, los avances tecnológicos
y científicos, el cosmopolitismo cultural, las obras de las figuras cumbres de
la literatura norteamericana, y las contradicciones de la modernidad burguesa
con sus valores utilitarios y materialistas. En el caso de Martí es difícil hablar de migraciones
o de exilios sin tocar la cuestión de patria. Rubén Darío, el modernista contemporáneo, admirador de Martí, tan
admirador que cuando se enteró de la muerte del cubano, exclamó “Oh, Maestro
¿qué has hecho?”, precisó las dimensiones subjetivas de la patria:
…es—escribió Darío—la proyección del yo en radio de
utilidad y simpatía. Al despertar al
conocimiento de las cosas y a las primeras influencias emotivas, entramos en
relación inmediata con la naturaleza circundante: cielo, aire, tierra, fuentes,
hierbas, hombres: todo esto que nos atrae y nos retiene, después se convierte
en un símbolo; ésa es la patria.
Martí ensancha estos aspectos subjetivos cuando
anota que la patria abarca la geografía americana y el legado y patrimonio de
Bolívar: “Yo nací en Cuba—declaró--, y estaré en Cuba aun cuando pise los no
domados llanos del Arauco. El alma de
Bolívar nos alienta; el pensamiento americano me transporta”. La ubicación de la cultura nacional no es,
por lo tanto, unidimensional, ni para Martí ni para otros escritores de su
época, y tampoco debe concebirse como una otredad en relación con lo que está
fuera o más allá de la cultura y la sociedad nativas. Las fronteras de la nacionalidad cultural son de carácter doble,
su problemática es exterior e interior.
Concebida la patria en esta forma, los textos que la narran son interculturales;
incorporan geografía y gente en espacios poblados por culturas divergentes
cuyas características a menudo se resisten y batallan entre sí. La patria, en resumidas cuentas, viene a ser
una construcción híbrida de alcance universal. De las migraciones y los exilios de Martí dos son
fundamentales para la construcción de la patria y la organización de la lucha
por la libertad de Cuba: Estados Unidos—sobre todo Nueva York y Florida—y
Cuba. Observando la sociedad de los
Estados Unidos durante quince años Martí afinó, sin lugar a dudas, sus
conceptos sobre la patria y sobre la república moral, la que deseaba para la
futura Cuba independiente de sus sueños.
En Nueva York fundó, editó y escribió gran parte del periódico
revolucionario Patria; pronunció apasionados discursos patrióticos en
Hardman Hall, muchos de cuyos textos hemos peridido; se rozó con distinguidos y
humildes de la emigración cubana; y trabajó en su modesta oficina de Manhattan,
en Front Street, donde, un día en un diálogo con su secretario, Gonzalo de
Quesada y Aróstegui, definió lo que para él era la labor más importante de su
vida. Cuenta Quesada que descubrió los
recortes de un bimensuario neoyorquino entre los papeles desparramados por el
suelo de la oficina. Eran las entregas
de la novela de Martí, Amistad funesta.
Pero como los recortes no llevaban la firma de Martí, Quesada, curioso
por saber de qué se trataba, preguntó: “¿Qué es esto Maestro?” A lo cual contestó Martí cariñosamente:
“Nada—recuerdos de épocas de luchas y tristezas; pero guárdelas para otra
ocasión. En este momento debemos
solo pensar en la obra magna, la única digna de hacer, la independencia”. De Front Street, en Manhattan, empezó Martí la
organización de los emigrados, de Nueva York, Filadelfia, Baltimore y otros
sitios de la costa este de los Estados Unidos, sobre todo, las ciudades de la
Florida; ayudó a formar los clubes revolucionarios, y organizó las estrategias
y las campañas para recaudar los fondos indispensables para la compra de armas
para la invasión de Cuba. Pero de estas
actividades pre-invasionistas el centro fundamental de sus operaciones fue la
Florida donde hacía ya muchos años existían nutridos centros de cubanos
exilados, la mayoría obreros humildes de fábricas tabaqueras. La presencia de las comunidades de emigrados
cubanos en la Florida a partir de 1890 transformó de modo profundo el carácter
del movimiento de la independencia cubana.
Desde 1892 las comunidades de exilados en Ybor City, Tampa, Cayo Hueso ,
Martí City (cerca de Ocala), y Jacksonville constituyeron los focos más
poderosos del movimiento patriótico, y a ellos migraban las sucesivas olas de
cubanos exilados. Y, a medida que
crecía la población de estos centros los dirigentes del movimiento de
independencia pudieron reforzar las actividades preparatorias de la revolución. Para la historia futura de Cuba estos centros constituyeron
un elemento clave. Pero también es
cierto que la presencia de Martí en ellos, la reverencia de los exilados por la
obra y la persona de Martí, y el anhelo de las comunidades de exiliados de
contribuir a la creación de una Cuba libre, marcó de manera inestimable el
desarrollo histórico y cultural del estado de Florida. Hemos enumerado los nombres de varias ciudades de la
Florida en que había comunidades importantes de exilados cubanos a fines del
siglo XIX. Pero entre ellas no
incluimos el de la ciudad de San Agustín fundada en 1565 por Pedro Menéndez a
quien Martí caracterizó como “terrible y frenético”. Sabíamos, los estudiosos de la obra martiana, que Martí había
visitado la ciudad en 1892, pues desde San Agustín en agosto de ese año se envió
una crónica a Patria en cuyas columnas se publicó el 6 de agosto; era
una crónica sobre la visita, no sólo de Martí sino de otros líderes del
movimiento revolucionario. Martí y los
cubanos de San Agustín visitaron la tumba del Padre Varela, y el domingo, …fue entero para la patria, primero en el almuerzo
de casa de [Carlos] Marín, que con todo su patriotismo estaba menos satisfecho
que su esposa…luego recibieron los huéspedes la visita de la comisión de
recolecta para el monumento del Padre Varela, que habló largo con los
visitantes, y dejó en sus manos el plan de procurar más sumas para el
monumento…después hubo conversaciones de trascendencia, con la prensa y
la médula de la ciudad…y luego, en un abrir y cerrar de ojos, oyéndole a Martí
la historia de lo hecho y la urgencia de lo que hay que hacer, levantamos, con
todos los cubanos que somos aquí, el club “Padre Varela”: Marín lo preside, y
Hardoy es el secretario….Muy contentos hemos estado, contentos como pocas veces
en la vida, con la visita de estos patriotas puros; pero además les
estamos agradecidos, porque se han captado el respeto de las personas de valer
de la ciudad… Esto y algunos detalles más es lo que apareció en la
corta crónica, la cual figura en las ediciones de las obras de Martí. Sobre Martí y San Agustín, hasta muy
recientemente, sólo teníamos noticias de esta sola visita—la del 92. Pero en una documentación que hace un mes
pudimos consultar en los archivos de la Sociedad Histórica de San Agustín
descubrimos que hubo una segunda visita, una visita más importante, con
detalles significativos en relación con las actividades del club revolucionario
de la ciudad. Entre ellas: que se fundó
el Club Padre Varela en el mes de julio; que los patriotas puros a que
aludió el cronista de Patria en el 92 incluyó a figuras cumbres de la
dirección revolucionaria: José Dolores Poyo, Serafín Sánchez y el general
Carlos Roloff. El contacto con la
prensa a que se aludió en la crónica del 92 fue con el corresponsal del Times-Union
de Jacksonville, ciudad vecina de San Agustín.
Al reportero de este periódico los miembros del club de San Agustín
entregaron un documento con las bases del Partido Revolucionario Cubano,
organizado por Martí en abril de 1892, y en el cual ocupaba Martí el puesto de
Delegado. Y, por fin, que durante su
primera breve estancia en San Agustín Martí estableció contacto con los cubanos
residentes de la ciudad—muchos de ellos tabaqueros que ejercían su oficio en el
patio de su casa. Según una crónica publicada en el Times-Union
el 6 de mayo de 1893, es decir, después de la primera visita de Martí a San
Agustín, el club Varela seguía creciendo, y a la sazón tenía doscientos
miembros, no todos cubanos, pero todos listos a luchar por la independencia
cubana en cuanto Martí autorizara el levantamiento del pueblo de la isla. Por medio de la crónica del Times-Union de
l893 nos enteramos que espías españoles vigilaban el movimiento de los miembros
del Club Varela, sobre todo, a raíz del insurrección de los hermanos Manuel y
Ricardo Sartorio en la región de Holguín, un levantamiento no sancionado ni por
Martí ni por los dirigentes del Partido Revolucionario Cubano. En sus escritos Martí comenta sobre el caso
de los hermanos Sartorio, y por sus observaciones del incidente es obvio que él y otros del Partido estaban al
tanto de las actividades de todos los núcleos revolucionarios de la isla,
inclusive los de Baracoa. En carta a
José Dolores Poyo escrita en agosto del 92 dice: “Puedo asegurarle que, contra
lo afirmado, ni en Santiago ni en Baracoa existe hasta este instante…conexión
alguna con lo de Holguín.” Entre el momento de la primera visita martiana a San
Agustín y 1895, la acitividad revolucionaria floridiana se intensificó. Martí con frecuencia viajó desde Nueva York
a las ciudades de la Florida por ferrocarril.
Pero, en su correspondencia después del 92 no encontramos mención alguna
de otra visita a San Agustín. Hay
alusiones brevísimas a la ciudad—dos o tres—entre ellas una en que se habla de
“los hoteles de San Agustín, y el río de Matanza, y el arte muzárabe….” de los
edificios de la ciudad. Pero, otra vez,
en la documentación de la Sociedad Histórica hemos encontrado material que
ensancha nuestros conocimientos de las actividades martianas alusivas a San
Agustín. Se trata de una crónica
escrita por un Capitán Henry Marcotte en la cual afirma, basándose en su
cuaderno de apuntes, que Martí visitó la ciudad a mediados de setiembre de
1896. Es, desde luego una fecha
imposible, pues Martí murió en Dos Ríos el 19 de marzo del 95. ¿Cómo resolver este dislate? Se puede especular que el Capitán se
equivocó cuando anotó la fecha en su cuaderno, o que se trata de una errata
cometida por los cajistas cuando publicaron los extractos de su cuaderno en el Times-Union. Pero, hay otras estrategias que podemos
utilizar para resolver el misterio de la fecha equivocada. Guiándonos por los datos y detalles de la
crónica del Capitán, es lícito concluir que la visita se produjo en setiembre
de 1894 o muy al principio de octubre de ese mismo año. ¿Cómo llegamos a esta
conclusión? Es que en la
correspondencia martiana que se conserva, la que se ha publicado en cinco
volúmenes, hay dos comunicaciones cortas enviadas desde Jacksonville, Florida
en el 94: un cablegrama del 8 de octubre dirigido al Dr. Eligio Palma, y una
carta telegráfica de la misma fecha a Eduardo Hidalgo Gato. Son escasísimos los conocimientos que
tenemos de las actividades martianas entre octubre del 94—mes en que intentó,
sin éxito, ver a su madre en Cayo Hueso--y diciembre del 94. Pero la correspondencia enviada por Martí
desde Jacksonville en octubre nos permita teorizar que desde Jacksonville bajó
a San Agustín donde llegó clandestinamente con el ferrocarril según la
descripción dramática de Marcotte que a continuación ofreceremos. Setiembre-octubre del 94 eran momentos álgidos de la
preparción del llamado Plan Fernandina, el plan ideado por Martí para llevar
armas desde los Estados Unidos para iniciar en Cuba la lucha armada de la
independencia. Entre otras actividades,
nos habla el Capitán de los fondos recaudados por el Partido Revolucionario
Cubano para la compra de las armas.
Dice en su crónica que publica con el título de “The Birth of the Cuban
Republic in Saint Augustine”/ “El nacimiento de la república cubana en San
Agustín”, que en la reunión dominical de ese día de setiembre u octubre que se
habían reunido los miembros del Club Padre Varela, y que en presencia del
alcalde de la ciudad de San Agustín Martí fue nombrado “Presidente de la
República de Cuba”. Y, que allí mismo
también se nombró a varios cubanos miembros de una junta para liquidar el poder
de España en la isla. Hubo cubanos
distinguidos en esa reunión, inclusive varios que habían luchado en la Guerra
de los Diez Años. Eligieron al Capitán
Marcotte miembro honorario de la Junta Cubana de la República. Lo más notable de la crónica es lo que pasó, según
Marcotte, mientras estaban tomando el desayuno los miembros del Club: …un barco de vapor—escribe--pasó por la
costa [de San Agustín] y echó al mar un pontón primitivo con el Napoleón B de
la marina de la República. Bajó el Dr.
Martí. Un marinero negro con mucha
destreza colocó el barco sobre la ola de cresta con el movimiento de la cual
los individuos pudieron saltar en tierra en North Beach. El Napoleón B. tenía cosas que hacer en
North Beach y el Dr. Martí fue conducido al desayuno. Dos carros de flete, marcados “explosivos” llegaron y fueron
conducidos a un desviadero cerca del río San Sebastián. Estas municiones seguramente formaban parte de las
armas que se acumulaban en ese momento para la invasión. Cuenta el Capitán a continuación que durante
el desayuno se discutió y aprobó el diseño de la bandera de Cuba. Tres hermanas, Ann, Amy y Alice, de la
familia MacMillan, residentes de San Agustín, presentaron al Coronel Betancourt
la primera bandera de la república que ellas mismas habían cosido. El coronel, después, la presentó a su hijo
quien, con unos compatriotas, la llevó en alto en el fallido ataque a la
fortaleza de Holguín. En el mismo desayuno
se presentó la primera moneda cubana diseñada por P. Martiny [¿Martínez?] y
acuñuda por la Gotham Company de Nueva York; y, se vendieron como recuerdos de
la ocasión, los primeros sellos postales—de 2, 5, 10 y 25 centavos--de la
futura república. A mediodía, narra el Capitán, un barco de vapor de
apariencia despreciable, se avistó en el Río Norte y, durante la noche, otra
vez, según el testimonio del Capitán, desaparecieron los explosivos de los
furgones, junto con doscientos revolucionarios de la ciudad, y José Martí. El barco remolcador “Bermuda” sugió en el horizonte, al sur de San
Agustín, junto con el Napoleón B. “Así—afirma Marcotte--nació la República de
Cuba en la ciudad antigua de San Agustín” El Plan Fernandina fracasó el 10 de enero de 1895
por la delación o la perfidia de uno de los colaboradores cubanos. El gobierno norteamericano confiscó la
mayoría las armas y los explosivos. Se
supone que Martí pudo salvar algo de las municiones destinadas para Cuba; pero,
lo que se sabe a ciencia cierta es que con su pericia organizativa Martí, en
poquísimo tiempo, logró re-organizar la revolución y preparar un segundo plan
para la invasión de la isla. Y, efectivamente, en el mismo mes de enero del 95
el Partido autorizó el alzamiento en Cuba. Con la invasión de la isla el período migratorio
martiano de Estados Unidos llegó a su conclusión. Tras varios viajes a Santo Domingo y Haití para juntarse con los
generales Gómez y Maceo, en abril del 95, llegó Martí a la costa de Cuba. Desembarcó en Playitas para unirse con las
fuerzas revolucionarias de la isla. En
su Diario de campaña describe con un estilo telegráfico el arribo a la
costa de Cuba: La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, [La
playita, al pie de Cajobabo]. Me quedo
en el bote el último vaciándolo.
Salto. Dicha grande. Viramos el bote, y el garrafón de agua. Bebemos Málaga. Arriba por piedras, espinas y cenegal. Oímos ruido, y preparamos, cerca de una talanquera. Ladeando un sitio, llegamos a una casa. Dormimos cerca, por el suelo. Después de los años de exilio y los constantes
desplazamientos geográficos, por fin volvió a su añorada patria. Volvió para cumplir con la misión, con la
obra magna de su vida. Su periplo
migratorio marca y define lo que para nosotros constituyen los vínculos
fundacionales de San Agustín con Baracoa.
Nuestro argumento o tesis es la siguiente: 1) que en la Florida,
específicamente en San Agustín, se dieron unos pasos importantísimos en la
organización no sólo de la lucha armada por la independencia cubana sino de la
fundación de la República; 2) que en
Baracoa nació la nación cubana: es el lugar, como nos dice Miguel Castro en su
libro, donde Cuba comienza, el lugar donde se establece la primera villa de la
isla. Y unos trescientos cincuenta años
después, en la ciudad fundada por Pedro Menéndez en la península de la Florida,
se entregó la bandera de la república cubana, la primera moneda, y los primeros
sellos de la patria independiente. No
cabe duda, por lo tanto, que nuestras dos ciudades contribuyeron a la
construcción de la historia de la nación en momentos decisivos, y que comparten
un legado histórico trascendente: es decir, en ambas ciudades se iniciaron
procesos de la formación de la comunidad nacional cubana pertenecientes a
etapas fundamentales de la experiencia patriótica, una experiencia cuyos nexos
reafirmamos en estos días de celebración los miembros de la Saint
Augustine-Baracoa Friendship Association junto con nuestros amigos, con
nuestros hermanos de la ciudad de Baracoa. Ivan A. Schulman Universidad de Illinois, E.U.A. |